EL JOKER
Un sábado por la noche, hacia finales de noviembre, me hallaba solo en casa con Sol. Yo estaba sentado en el sillón junto a la ventana, ella junto a la mesa del comedor haciendo un solitario, últimamente no paraba de hacer solitarios, yo no sabía por qué, pensaba que quizá tenía miedo de algo. Hace mucho calor, dijo Sol, podrías abrir un poco la ventana. Estaba de acuerdo en que hacía algo de calor, y como afuera no hacía demasiado frío, abrí la ventana. Daba al jardín de atrás y a un pequeño bosque. Me quedé de pie un rato escuchando el suave rumor de la lluvia. Tal vez fuera esa la razón, la suave lluvia y el silencio, lo cierto es que ocurrió lo que ocurre de vez en cuando: se te viene encima un gran vacío, es como si la misma falta de sentido de la existencia se te metiera dentro y se extendiera como un inmenso y desnudo paisaje. Ya puedes volver a cerrar, dijo Sol, aunque yo seguía mirando por la ventana. Voy a dar una vuelta, dije. ¿Ahora?, preguntó ella. Cerré la ventana. Sólo un corto paseo, contesté. Ella seguía con su solitario, sin levantar la cabeza. En la entrada, me puse el impermeable y el gorro de lluvia que sólo utilizo para trabajar en el jardín cuando hay mal tiempo. Tal vez por eso fui al jardín en lugar de salir a la carretera. Llegué hasta el final, donde cultivábamos algunos vegetales y había un pequeño banco sin respaldo que parecía ser de antes de que Sol heredara la casa. Me senté bajo la lluvia en la oscuridad y miré hacia las ventanas iluminadas, pero como el jardín formaba una suave pendiente hacia abajo, no podía ver a Sol, sólo el techo y la parte superior de las paredes. Al cabo de un rato hacía demasiado frío como para permanecer sentado; me levanté con la intención de trepar por la valla y cruzar el pequeño bosque hasta la carretera, junto a la oficina de correos. Pero al llegar a la valla, me di vuelta y vi la sombra de Sol en la pared de adentro y un trozo de techo, no entendía cómo podía ser, no entendía cuál podía ser la fuente de luz que hacía que la sombra cayera justo ahí. Trepé por la valla, por el lugar donde podía agarrarme a la rama inferior de un gran roble; desde allí podía ver a Sol sentada junto a la mesa. Delante de ella ardía una vela, y en una mano llevaba algo que también ardía, pero me resultaba imposible ver de qué se trataba. Luego la llama desapareció, y Sol se levantó; en ese instante fue como si toda la habitación quedara en penumbra. Un momento después, Sol había desaparecido de mi vista. Esperé un rato, pero no volvió. Bajé de un salto hacia la parte exterior de la valla y me adentré en el pequeño bosque. Me preguntaba qué había quemado, y de alguna manera me sentía engañado, por no decir encandilado, sé que fue justo eso lo que sentía, porque la idea me dejó algo perplejo, incluso me pregunté de dónde procedía el verbo «encandilar». Seguí andando por el sendero hasta llegar al aparcamiento de gravilla que había detrás de la oficina de correos, allí me paré a sopesar los pros y los contras, luego volví por el mismo camino, no era muy largo, sólo unos doscientos metros, y enseguida me encontraba otra vez junto a la valla.
Permanecí un buen rato en la entrada, y cuando llegué al cuarto de estar, Sol estaba haciendo un solitario. Levantó la vista de las cartas y me dirigió una sonrisa. No había ninguna vela en la mesa, ni restos de papel quemado en el cenicero. ¿Y bien?, preguntó. Llueve, contesté. Ya lo sabías, ¿no?, preguntó ella. Sí, contesté. Me senté junto a la ventana. Miré hacia el jardín, pero sólo me encontré con el reflejo de la habitación y el de Sol. Al cabo de un rato, sin levantar la vista de las cartas y con una voz completamente cotidiana, dijo: No tengo más que pellizcarme el brazo para saber que existo. Incluso tratándose de Sol era una afirmación muy contundente, y si la interpreté como una acusación, lo atribuyo a esa sensación de haber sido engañado, una sensación que no se había esfumado al volver a casa y encontrar borradas todas las huellas de lo que había visto desde la valla. Estuve a punto de darle una respuesta irónica, pero me controlé. No dije nada, ni siquiera me di vuelta para mirarla, sino que continué observando su reflejo en el cristal de la ventana. Se puso a recoger las cartas, todavía sin levantar la vista. Me sentí como si tuviera la cara rígida. Sol guardó la baraja en la caja y se levantó lentamente. Me miró. Fui incapaz de darme vuelta, estaba completamente acorralado en la sensación de haber sido humillado. Se fue del cuarto de estar. La oí abrir la canilla de la cocina, luego se oyó la puerta del dormitorio, y finalmente se hizo el silencio. No sé cuánto tiempo permanecí sentado, analizando con amargura sus últimas palabras, tal vez varios minutos, pero por fin mis pensamientos tomaron otro rumbo. Me levanté y me acerqué a la chimenea. Estaba tan limpia de cenizas como antes. Quería ir a la cocina y mirar en el tacho de la basura, pero dudé ante la posibilidad de que Sol me sorprendiera. ¿Y qué?, me dije, no sabe que la he visto. Abrí la puerta de abajo de la pileta, y sobre la basura podía verse la punta de una carta quemada. La agarre y empecé a darle vueltas, perplejo y confuso. Las preguntas se enmarañaban en mi interior. ¿Había ido a buscar una vela con el fin de quemar una carta? ¿Una de esas cartas con las que hacía solitarios? ¿Por qué una vela? ¿Por qué quemar una carta? ¿Por qué había vuelto a guardar la vela? ¿Qué carta? A la última pregunta tal vez pudiera darle una respuesta; dejé caer la carta quemada al tacho de la basura y volví al cuarto de estar. La baraja seguía sobre la mesa, saqué las cartas y las conté, cincuenta y tres. Sólo había un comodín. Sol había quemado un comodín. Miré el que quedaba: un bufón guiñando un ojo al sacarse un as de corazones de la manga. Me metí la carta en el bolsillo con una confusa sensación de venganza, luego volví a meter la baraja en el estuche.
Cuando una hora más tarde fui a acostarme, Sol ya estaba dormida. Permanecí mucho tiempo despierto, y a la mañana siguiente me acordaba de todo. Llovía. Intenté imaginarme que era una mañana de domingo cualquiera, pero no lo conseguí. Desayunamos en silencio, es decir, Sol mencionó un par de asuntos triviales, pero yo no contesté. Luego añadió: No hace falta que estés tan callado por mí. En ese instante todo se me volvió negro por dentro. Tenía el cuchillo en la mano y golpeé el mango con tanta fuerza contra el plato, que estalló. Luego me levanté y salí de la habitación gritando.
Unas horas más tarde, volví a casa. Había pensado decirle que lamentaba no haber sido capaz de controlarme. La casa estaba a oscuras. Encendí las luces. En la mesa de la cocina había una nota en la que ponía:
«Sí. Te llamaré mañana u otro día. Sol».
Así salió de mi vida. Después de ocho años. Al principio me negué a creerlo, estaba seguro de que al cabo de un tiempo se daría cuenta de que me necesitaba tanto como yo a ella. Pero no se dio cuenta, ahora lo sé, debo aceptarlo, no era la que yo creía que era.

Cuento copiado (El comodín, de Kjell Askildsen). Solo cambia el nombre del personaje femenino: Lucy, en el original; Sol, en la copia.
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http://www.bartleby.com.ar/el-comodin-kjell-askildsen/
Nota: 1