Soñaba. Estaba soñando con ese interminable océano que tanto
llamaba su atención, con el viento frío que hacía bailar su pelo, con las olas
furiosas que se alzaban pidiendo atención y rompían contra el mismo ponto*.
Se mecían como si… “como si el mismo océano estuviera haciendo el amor con
alguna cosa”.
Pero deseaba escuchar al océano moverse, a las olas romper,
al viento silbándole en el oído.
Sintió una leve sacudida y el tacto de una mano cálida en sus
mejillas manchadas de pecas. Abrió los ojos, saliendo de su ensueño, y no tardó
en incorporarse. Un beso de “Buenos días” de mamá y un gesto para pedirle que
se apure, que se le estaba haciendo tarde.
No hacía falta el lenguaje de señas para esas cosas.
Ese día estaba lloviendo, lo supo antes de abrir las
cortinas, el aire era diferente. Cuando se pierde uno de los cinco sentidos,
los otros cuatro se vuelven mucho más agudos, más sensibles.
Mientras se levantaba y caminaba pausadamente hacia el
armario, su mente se transportó al pasado. Algo que solía pasarle muchas veces
en el día.
Quiso recordar en que momento había aparecido todo ese
silencio. Porque si, no había nacido sorda, hubo un momento en el que podía
escuchar a los pájaros cantar afuera de su ventana, o a los relámpagos que
hacían temblar toda la casa. Hubo un momento, en el que, al llevarse un caracol
marino a la oreja; lograba oír al océano, oírlo mecerse. Eso hace no mucho
tiempo, ¿dos, tres años tal vez?
Y entonces, todo comenzó a escucharse amortiguado, al
principio como si se estuviera tapando los oídos con los dedos, luego comenzó a
hacerse más grave, no respondía cuando sus padres la llamaban, ya no hablaba.
El médico diagnóstico una hipoacusia postlocutiva profunda. Mucho no se podía
hacer, salvo utilizar los aparatos auditivos, pero no le gustaba usarlos. La
mayoría del tiempo permanecía todo el día sin ellos.
Entonces tuvo que aprender otra forma de comunicarse, leyendo
los labios, el lenguaje de señas o escribir, que era lo más práctico para
todos.
Muchas veces deseó ser como Karl Heidemann y su oído
supersónico. Claro que eso lo llevó a hacer grandes locuras como el asesinato,
pero para ella, era mejor escuchar todos los sonidos del universo, que no
escuchar absolutamente nada.
Volvió al presente y desvió los ojos hacia el gran cartel que
enseñaba a como hablar con las manos. Al principio le había costado mucho
saberse cada uno de ellos, tenía que aprender a hablar otra vez, de una forma
totalmente diferente. Ahora podía comunicarse a la perfección con un rápido
movimiento de sus falanges,
Vio la puerta abrirse y en ella se asomó su papá, que
moviendo las manos le dijo: “Tu leche se está enfriando”. Ella movió la cabeza
en aprobación y se apuró en cambiarse.
Bajó corriendo las escaleras y se apareció en la cocina,
ambos padres la recibieron con una sonrisa, un “¿Cómo dormiste anoche?” de papá,
un empujón cariñoso de mamá para acercarla a la mesa seguido de un: “Come
rápido que vas a llegar tarde a la escuela”. Hizo un gesto de no darle tanta
importancia y se sentó.
La escuela. Era bastante difícil seguirles el ritmo a todas
las clases, sobre todo cuando la mayoría del tiempo tenía que guiarse por los
labios de los maestros. Muy pocos de ellos sabían el lenguaje de señas, al
igual que sus compañeros de clase. Si le querían hablar, o le escribían o bien
ella tenía que leerle los labios. Excepto algunos pocos, que se habían tomado
las molestias de aprenderlo.
Volvió al presente. Vio a sus padres hablar, conversando
entre ellos. Gran parte de las veces, al mismo tiempo que hablaban, movían las
manos para que ella pudiera entender y seguir la conversación. Pero a veces no
querían que ella entendiera, porque eran peleas que eran preferibles no
escuchar o cuestiones que eran irrelevantes para traducir. Ese día, ambos tenían el ceño fruncido, por
lo que supuso que estaban discutiendo. Aún si ella no podía escucharlos, no le
gustaba verlos pelear.
Subió hasta su cuarto, para preparar sus cosas antes de ir a
la escuela. Al entrar, como si no tuviera control de su cuerpo, se dirigió
directo y sin darse cuenta hasta su cama, en donde escondía una caja de madera vieja
y poco colorida debajo del colchón. La sacó, se sentó en la alfombra y la
abrió. Dentro solo había algunas cartas y fotos de sus viajes a la costa y
muchos, muchos caracoles marinos. Todos de distintos tamaños, formas y colores.
Los guardaba desde su última visita a la playa.
No entendía porque sentía siempre una gran necesidad por observarlos. Muchas veces se preguntó qué es lo que esperaba que pasara. No iba a escuchar el
océano, ni nada parecido, eso ella ya lo sabía. Pero sin embargo se llevó el caracol a la
oreja, lo apoyó muy suavemente en su
oído y sintió el tacto frío en su lóbulo izquierdo. Cerró los ojos e intentó
recordar cómo era el sonido de las olas rompiendo contra el mismo océano. Y entonces
comenzó a escucharlo, el ruido tranquilizador que hacían al mecerse y al
elevarse y al romper contra sí mismo. Ahí estaba, el sonido del océano. Lo que
había estado buscando.
Entonces abrió los ojos…y volvió a no escuchar nada.
*Ponto: en la mitología griega, Ponto era un antiguo Dios del
mar preolímpico, hijo de Gea, la Tierra, y hermano de Urano. Según Hesíodo (que
es un antiguo poeta griego) es una personificación del mar, por lo que al
decir: “Contra el mismo Ponto” en esta historia, me estoy refiriendo al mismo mar.

Planteás una historia sencilla y clara, sin embargo, los hechos suceden y se resuelven con facilidad, sin tensión ni sorpresa para el lector, que queda insatisfecho, pues el comienzo del relato genera una expectativa que no se satisface. Hermosa protagonista, bien elaborado su mundo interno.
ResponderEliminarRecurrís a imágenes interesantes y conmovedoras, pero no hay transformación de la realidad narrada. El tiempo no lineal hubiera necesitado más rupturas para que funcionara mejor.
Rever tiempos verbales, preposiciones, ortografía, puntuación y párrafos, signos diacríticos (no corresponde subrayar la palabra que lleva el asterisco)
Nota: 8-